En el marco de la
Indemnización a las Víctimas del conflicto armado de nuestro país, entre de
Abril y junio se llevó a cabo en el Teatro Juan de Dios Aranzazu de La Ceja, la
entrega de las cartas enviadas desde el Gobierno Nacional, por medio del
Programa de Unidad para Reparación de Víctimas. Fueron 130 personas
provenientes de los municipios de La Unión, Abejorral, El Retiro y La Ceja,
quienes recibieron un incentivo económico, que simbólicamente podría ser
utilizado para contribuir en el mejoramiento de su calidad de vida.
María del Socorro Muñoz
Palacio, desplazada del municipio de San Carlos, contó su historia de vida
marcada por el dolor, la angustia y la incertidumbre. Tiene en sus recuerdos el
2009, año en el que tuvo que salir con los familiares que le quedaban, bajo la amenaza de que los grupos armados les
pidieron desaparecer del pueblo dejando su hogar, sus animales, tierras, empleos
y sobre todo a sus allegados que no pudieron salvarse, pues por maldad los
asesinaron o los dejaron heridos.
Con lágrimas en sus ojos, comentó
que a su suegro lo asesinaron sin piedad y a sus cuñados los desaparecieron sin
tener noticias de su paradero hasta ahora. Las pérdidas humanas se fueron dando
de a poco y aún no se sabe a manos de quién se efectuaron, pero ella tiene
claro que eran tres grupos subversivos que aparecían de la nada, para disputarse
el liderazgo en la vereda Dosquebradas que quedó vacía a causa del conflicto
armado.
La vida les cambió totalmente:
les dijeron “viven o mueren” y
pusieron un ultimátum de 12 horas para escapar, o se atenían a las
consecuencias. Ese tiempo solo les alcanzó para empacar en bolsos unas cuantas
prendas de vestir y su documento de identidad, con lo que migrarían a Medellín
para empezar de nuevo. Estando en la ciudad, con el vacío de sentirse
desamparados, tuvieron la suerte de encontrar personas de buen corazón que los
acogían mientras trataban de solucionar su situación.
Luchar fue la única manera de
seguir adelante. A pesar del dolor, la desesperanza, lo complicado de su
proceso y el tiempo que transcurría sin ilusión alguna, recibieron ayuda para
trasladarse a La Ceja, donde han podido encontrar un poco de tranquilidad. De
16 años que llevan como víctimas de desplazamiento forzado, 10 han estado en la localidad, donde se sintieron acogidos y queridos desde la
primera vez que pusieron sus pies en este terruño.
Aunque ahora están un poco
mejor, María hizo referencia a que: “La
paz no tiene precio, para nosotros fue desastroso. Se nos quedó todo, el
corazón quedó vacío, muchas pérdidas, la tristeza del alma no se borra, no se
olvida. Uno vive con la esperanza de volver a ver a la familia en algún
momento, los que quedaron o que se llevaron, pero no están por ningún lado”.
Manifiesta que ellos aún los sufren, los lloran, los recuerdan, que hacen
oraciones y misas por ellos, ya siendo más conscientes de que deben estar muertos.
En La Ceja han sentido buena
acogida, cariño y aprecio “hablamos, nos
desahogamos y nos ayuda porque es como una chispa que lo motiva a uno para
sobrevivir y seguir adelante. No desfallecemos, pero vamos sobreviviendo y
pasando el dolor, siguiendo la lucha con este desastre que no se le desea a
nadie”. Aquí, actualmente vive con su esposo, dos hijos y tres nietos que
han buscado la manera de continuar con su existencia, conservando los
recuerdos, pero tratando de “resignarse” a lo que les tocó vivir.
Motiva a
sus compañeros que han sido golpeados por la violencia en nuestro país y
manifiesta: “cuando alguien en la misma
situación de nosotros se les acerque, escúchenlo; no estamos a la espera solo
de cosas materiales, necesitamos moral, una voz de aliento y ánimo, pues al ser
escuchados nos llega paz y tranquilidad a nuestros corazones. Necesitamos ser
comprendidos y ojalá nunca nadie pasara por esta situación tan difícil que nos
ha tocado”.