jueves, 5 de junio de 2025

El Papa Francisco en mis recuerdos



El Papa Francisco haciendo su recorrido por el campo San Juan Pablo II de la Ciudad de Panamá, enero de 2019


Tuve la gran fortuna de acudir en dos ocasiones diferentes, a los actos públicos que el sacerdote Jorge Bergoglio hizo en sus funciones como monarca de la iglesia católica. El primero, en junio de 2016, cuando llevó a cabo la tradicional homilía de los domingos en la Plaza de San Pedro del Vaticano y la segunda, en la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en la Ciudad de Panamá, en enero de 2019.

Ambas tienen mucho significado, pues independientemente de la religión, el Papa fue un líder mundial que se destacó en diferentes ámbitos sociales, donde expuso sus pensamientos y sentimientos, mostrándose como una persona cercana al sufrimiento de la humanidad, amparado por la fe y la vocación de servir a los demás.

Sin duda alguna, la que mayor trascendencia tuvo para mí fue la JMJ. Fui testigo de cómo se preparó este país para la llegada de Francisco desde años antes de que él cumpliera con su compromiso; entidades públicas y privadas, clero, comunidades, ONGs, familias de acogida, voluntarios y ciudadanos en general, pero sobre todo los jóvenes que fueron protagonistas de este encuentro donde participaron alrededor de 700.000 peregrinos representados en más de 150 países, cada uno haciendo lo correspondiente para acudir a la cita.

Durante los días en que se efectuó la agenda, en las calles se vivía un ambiente festivo, tranquilo y cargado de historias. Previo al encuentro con el Sumo Pontífice, se llevaron a cabo diferentes conversatorios con temáticas de sociedad, cultura, medio ambiente, salud, entre otros, como antesala al gran encuentro, donde atentamente escucharíamos sus reflexiones llenas de amor, empatía y fe. 

En mi caso, participé como periodista en este magno evento, cubriendo las diferentes actividades programadas, pero más allá de la satisfacción profesional de estar allí, les confieso que fue imposible no emocionarse y contagiarse de la alegría de tantas personas, donde no importaban las diferencias políticas, de idiomas, razas, credos, tradiciones y pensamientos. Todos acudieron multitudinariamente al llamado de la iglesia católica para ser partícipes de un evento sin precedentes, que sin duda dejó en sus vidas una huella significativa.

Reconociéndome como joven, me llenó de gran sentimiento ratificar que una persona fuera capaz de reunir a la humanidad por medio de mensajes tan poderosos y llenos de sabiduría. Me queda como reflexión, que nuestros actos vienen desde el amor al prójimo; que si bien la religión puede influir significativamente en cada uno, no es sinónimo de que gracias a ello seamos considerados buenos, pues indistintamente de la fe, hay leyes universales que podemos cumplir, para hacer nuestro aporte positivo a la sociedad y mostrarnos empáticos ante la necesidad del otro.

A días de su desaparición física, me llena de nostalgia el saber que ya no se encuentra físicamente, pero que dejó un legado de amor, humildad y compasión en el mundo, teniendo en mente principalmente a los jóvenes, a quienes dirigió el siguiente mensaje: “Ustedes no son el futuro, son el ahora de Dios” invitándolos a soñar en grande, a pensar en los demás y sobre todo, a vivir plenamente, en libertad, pero cuidando su espiritualidad. 

Y así, mientras internamente canto repetidas veces la frase que quedó como legado de esta versión de la JMJ, “esta es, la juventud del Papa…” sigo pensando que aún hay esperanza en la humanidad; que el más mínimo acto de amor hacia nuestros semejantes puede hacer la diferencia y que cada uno puede aportar su granito de arena para un cambio significativo en nuestras comunidades. 

Debemos tener en cuenta que la empatía es un arma poderosa con la que se puede vencer la desigualdad. Puede sonar muy soñador, pero es mejor decidir creer que existen en el mundo muchas personas con esta misma ideología, a vivir con la desesperanza de que las cosas puedan mejorar por el bien de todos.  


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